lunes, 10 de noviembre de 2008

Almas de piedra (por Guillermo Velasco)

"Esta no pretende ser una aventura excepcional, ni original. Tan sólo pretende poner a prueba una faceta del ser humano que muchos hemos perdido. Para ello, he tenido que viajar años luz, para mostrar aquello por los que algunos aun luchan..."

Terraplén, siglo L. Nuestros amigos acaban de ser sacados de un buen lío. Estuvieron a punto de mezclarse con la materia del espacio, desintegrados por los contrabandistas a los que deben miles de fénix... y algo más. Ya una vez trabajasteis para el Conde Jeremiah Li-Halan, y pensó que aún podía aprovecharse de sus servicios una última vez.

Conducidos hasta la casa de Aldus Li-Halan, fueron recibidos por el mismo Duque. Allí les fue encomendada una misión de rescate. Una expedición a Grial, planeta a un sólo salto de Terraplén, había sido secuestrada. El objetivo consistía en localizar el lugar donde habían sido capturados, algún lugar en medio de los bosque del abrupto planeta. La mayor recompensa sería que la casa Li-Halan pagaría sus deudas.

Un ex-esclavista, ahora mercenario, un auriga, un ingeniero y un carroñero debían emprender una búsqueda, sencilla, fácil, hasta aburrida... Pero no irían solos. A sus espaldas habían sido asignados un diplomático, de familia noble, para entablar contacto con el pueblo de Grial y una experimentada doctora de guerra, para cuidar de la salud de los aventureros.

El viaje transcurrió sin más problemas de los previstos. Tras un breve descanso en la estación espacial de Grial, son conducidos a su ciudad capital, donde serán recibidos y puestos al corriente de todo lo referente a la misión. El ambiente es extraño; la gente parece confundida, andan por la calle como si algo no funcionase, sus ojos parecían vacíos... como si faltase algo...

En el templo del jefe chamán de Grial, Shurash, y tras los pertinentes ritos, son conducidos a una sala, donde el mismo mandatario, acompañado por su fiel consejero y escolta Orff, siete sacerdotes, y un hombre alto, totalmente cubierto de gruesos ropajes, se explica a los recién llegados lo ocurrido en este lugar y el papel que los "invitados" juegan en esta historia:

"Hace un año fueron robadas del templo unas tallas sagradas de madera, muy importantes para el pueblo, por una persona que intentó extender una secta, unas ideas contrarias a lo que siempre ha dictado la religión Gjarti, a la que esta ciudad siempre ha seguido. Tradicionalmente el chamán más anciano lega su puesto al hombre más apto para ejercer el liderazgo de esta religión. Aquella persona, una mujer, reclamó ser la elegida por los espíritus, contradiciendo los sagrados preceptos. La mujer fue expulsada, pero se llevó a varios seguidores que cayeron en su trampa. Ahora, como burla y desafío, ha robado uno de los símbolos de nuestra tradición más ancestral. Varios intentos de recuperación acabaron con las vidas de decenas de fieles, y pedimos ayuda a la casa Li-Halan. Enviaron una expedición y también desapareció. No sabemos si están muertos, por lo que aún hay esperanza de encontrarlos, a ellos y a las tallas sagradas, y por supuesto ajusticiar a la bruja por sus pecados. Para acompañaros en vuestra búsqueda, ha sido convocado un emisario de templo de Avestas, que velará por las almas de todos vosotros y por el cumplimiento de la misión."- El hombre cubierto asiente. -"Se os dará un solo día para hacer los preparativos, y partiréis temprano hacia el lugar donde creemos que se encuentra escondida esa bruja".

Conducidos a sus aposentos, nuestros amigos notan en la guardia un gran recelo por los invitados. Son vigilados en todo momento. Sin lugar a dudas, están siendo tratados como prisioneros, y utilizados para cumplir una misión en la que no quieren perder a más de los suyos, y recurren a personas capaces, pero sin valor para ellos.

El momento llega. Cargan en el trasbordador todo lo pertrechado y parten hacia el este, más allá de las altas montañas que todas las mañanas descubren el sol azulado, que año tras año ilumina menos los corazones de todos los seres de Grial. Una vez sobrepasada la cordillera, abajo se expande el bosque más grande que ninguno de los presentes había visto en su vida. En algún lugar debía estar el escondite de esa mujer y sus seguidores. Tras varios minutos sobrevolando una maraña verde, sin resquicios para posar la nave, divisaron un claro, donde había un poblado. No dudaron un momento en elegir ese lugar para comenzar el rastreo.

Las casa estaban hechas de manera muy artesanal, aprovechando los materiales que el entorno les había dado. Los recién llegados no parecieron ser bienvenidos; tras una primera reacción de ocultación ante los intrusos, poco a poco parecían seguir los pasos de nuestros protagonistas. Supervisando detenidamente el terreno, se detectaba en el suelo rastros de desplazamiento de ruedas o surcos de objetos muy pesados que habían sido movidos a otro lugar.

El aire era limpio, el sol lo iluminaba todo. Los rastros llevaban hacia un sendero que se perdía en la profundidad del bosque, entre los enormes árboles. Había que actuar. La escolta del diplomático y los dos guerreros de Shurash se quedaron para proteger la nave. El resto, los siete restantes, dentro de un vehículo blindado, siguieron el rastro. Al cabo de unos minutos se empezaron a encontrar pedazos de naves arrojados por entre los árboles, naves medio desarmadas, cubiertas de musgo y enredaderas.

Una piedra cruzó el camino, rompiendo el silencio con un silbido, y a esta le siguieron muchas más. Evidentemente, no gustaba su presencia en el lugar. La comunicación con la nave era constante, para asegurarse de que nadie estaba en peligro. Poco a poco el camino se hacía más intransitable, pero las pedradas habían dejado de sonar. Hubo un momento en el que tuvieron que abandonar el vehículo, quedando el diplomático, el ingeniero y el auriga a su cargo. La doctora, el carroñero, el avestita y el mercenario siguieron, armados hasta los dientes y con sus escudos energéticos preparados. Unos metros más allá localizaron una pequeña nave Li-Halan, y el diplomático fue informado del hallazgo. Curiosamente no olía a nada en absoluto, pero el ambiente se hacía cada vez más difícil de respirar, y tuvieron que ponerse las máscaras de aire. El terreno comenzó a descender. Los árboles se elevaban cada vez más, haciendo que desde el cielo pareciese terreno totalmente plano.

Los sensores detectaron movimiento cercano. Los inquilinos de este bosque habían salido a recibirles. Unas criaturas medio monos, medio reptiles, cayeron sobre los exploradores, que tuvieron que derribar a unos cuantos, hasta que el resto huyó. Una aparición, una joven acurrucándose para curar a una de esas criaturas, pareció ser vista por uno de ellos, pero igual que apareció, al avisar a sus compañeros, volvió a desaparecer. Quisieron localizar el camino de vuelta, pero habían perdido el rastro tras el ataque, y el localizador parecía haber sufrido un golpe y había dejado de funcionar. Ante las dos alternativas, vagar hasta encontrar el vehículo, o seguir descendiendo, eligieron ésta última opción. Al final de la pendiente, parecía haber más luz que en los alrededores. Según se acercaban, podían distinguir los reflejos de un río. Lo siguieron en dirección ascendente, hasta que comenzaron a escuchar el sonido del agua de una cascada que alimentaba a un pequeño lago. En torno a la caída de agua colgaban unos nidos construidos sobre la roca, que, por su tamaño, podrían cobijar a seres humanos. Afortunadamente, la expedición aun no había sido descubierta...

Rodearon con cuidado el lugar y comenzaron a ver personas deambular por la zona. El lugar parecía un santuario. Cerca de ahí había más casas de aspecto semejante. El jefe del grupo estimó que ya habían encontrado el lugar y podían informar de su posición por las indicaciones de las que disponían. Regresando sobre sus pasos, unos hombres ataviados sin ningún orden, pero armados con lanzas, les detuvieron. Detrás suyo les apuntaban con primitivos arcos. Aunque la superioridad de sus armas posibilitaba la huida, la doctora anunció que ella y el diplomático tenían órdenes de no matar a nadie, a menos que sus vidas corrieran peligro. Ellos eran un señuelo, y pronto vendrían a sacarles de ahí. Aún no habían encontrado a las personas que estaban buscando, y no tenían certeza de la localización de las tallas que andaban buscando. Los hombres armados con lanzas y arcos mostraban gran temor ante los intrusos, y una voz les ordenó escoltar a los recién llegados a algún lugar.

Sin ofrecer resistencia, fueron dirigidos hasta un grupo de hombres vestidos igualmente con ropas descuidadas, pero que se distinguían de los nativos, como si pareciesen más civilizados. Paradógicamente, no había mujeres ni niños. Los cuatro invitados fueron recibidos con un saludo en terrano, idioma que no habían escuchado por parte de las gentes de este lugar hasta el momento. Quienes les hablaban, sabían qué es lo que habían venido a buscar. Les pidieron que dejaran las armas, y así hicieron. Aunque ellos estaban ahora cautivos, el diplomático y el técnico tenían la posición exacta, y podían mandar a las fuerzas de Shurash y de los Li-Halan, sobre los secuestradores, y acabar con ellos.

Pero cuál fue la sorpresa, que varios de los que se dirigían ahora hacia nuestros exploradores se declararon como miembros de la antigua expedición, diciendo que habían visto a la diosa Gjarti, y habían renunciado a su misión. El avestita no les creía, pues sabía que todo eso era resultado del encantamiento de la mujer que andaban buscando. En un determinado momento de la conversación, paseando alrededor de un mirador que daba al lago, el avestita agarró a uno de los traidores y le hirió con una daga que ocultaba entre sus ropajes, siendo reducido por los guardias con sus afiladas, aunque rústicas lanzas. La doctora se ofreció a curar las heridas, pidiendo perdón por la agresión, y prometiendo que tratarían de comunicar su postura a la casa Li-Halan. Tras proporcionarle un suero que tenía ubicado en cápsulas en su cinturón, el hombre confiesa que ellos ya han intentado comunicarse, pero no han obtenido respuesta aprobatoria por parte de la casa.

Cuando la situación se calmó, al cabo de unos minutos, el herido comienza a sentirse mal y a convulsionarse. Es llevado al interior de una caseta, y unos nativos atacan a la mujer, ante lo que el mercenario, el explorador y el avestita reaccionan protegiéndola. Los nativos comienzan a agitarse, murmurar e increpar en su lengua a los intrusos, y especialmente a la mujer, a la que parece que culpan de los dolores de su hermano. Al cabo de unos momentos, se oyen ruidos dentro de la caseta, y un hombre sale trastabilleando, con un brazo amputado y sangrando por todos lados, gritando de dolor y de terror. El poblado se agita a causa de la sorpresa y el pánico, y entre el desconcierto, los prisioneros son atacados, activando los escudos de energía que les protegen de las flechas y las lanzas. Huyen hacia cualquier dirección, ocultándose entre los árboles.

El cielo empezó a ser cubierto por sombras, que se hicieron paso entre los árboles desintegrándolos. Habían llegado los refuerzos. Destruyeron algunas casas y tomaron posesión del lugar. Cuando todo estaba ya controlado, los exploradores regresaron y fueron recibidos por la guardia Li-Halan, felicitándoles por su labor. Habían encontrado el escondite de la secta, y habían encontrado a los desaparecidos. Ahora quedaba encontrar las tallas.

Subiendo más aún el río, otra cascada daba al manantial del río. Junto a él, un increíble monumento natural, fuera de toda concepción arquitectónica humana, parecía ser una catedral o un templo exento de artificialidad. Incluso, fijándose bien, parecía moverse ligeramente, como si estuviera vivo. En el centro, un altar, y sobre él, unas pequeñas estatuillas, aparentemente de madera, que fueron rápidamente relacionadas con las tallas que andaban buscando.

Al entrar en el recinto, la voz de una joven les detiene:

"Deteneos, pobres ignorantes. Aquello que queréis llevaros no desea abandonar este lugar. No quiere caer en malas manos, y por ello debéis iros... sin ellas."

El capitán de las fuerzas Li-Halan, prevenido ante cualquier intento de embrujo, desoye la advertencia y manda a sus hombres hacerse con las tallas. A pocos metros del lugar donde éstas descansan, se interpone en su camino una criatura, mitad mujer, mitad felino, que bufa a los hombres y, ante los disparos de éstos, salta sobre ellos, esquivando el ataque, y los desgarra, uno a uno. Su agilidad superaba la capacidad de cualquier ser vivo conocido. La voz de la mujer vuelve a advertir a los soldados: "Me duele tener que causar daño, pero no puedo permitir que os llevéis a nuestros antepasados..." Esto último apenas imperceptible debido a los disparos blaster que la mujer-gata esquivaba. "No sigáis. No hagáis más daño. Iros antes de que sea demasiado tarde...", lloraba la voz. A pesar de su increíble destreza, finalmente la escurridiza guardiana es impactada, cayendo en seco sobre el suelo, y dejando paso al altar donde las tallas estaban colocadas. Habían caído 8 soldados fuertemente armados, de los 12 que habían subido hasta ahí. Uno de los supervivientes metió las tallas rápidamente en una bolsa que habían traído para la ocasión, pero cuando se volvieron para salir del cada vez más tétrico lugar, se encontraron con que las tallas que acababan de meter en la bolsa les cortaba el paso. La bolsa, ahora... ¡estaba vacía!

El miedo recorrió las venas de los soldados. Sin intentar encontrar una explicación para lo que acababa de ocurrir, intentaron encontrar otra salida, pero, allá donde iban, las tallas les tapaba la escapatoria, no eran de más de medio metro de alto, pero su simple presencia, inexpresiva y amenazadora, causaba terror. Intentaron destruirlas, pero según las hacían pedazos, varios pasos más alante, volvían a estar ahí. Mientras las miraban, aterrados, no se movían en absoluto, pero cada vez que apartaban la mirada, las tallas volvían a aparecer más cerca...

Al cabo de varios intentos, los soldados que quedaban, al borde de un ataque de histeria, se encontraron ante la única salida que el edificio viviente les dejó: un precipicio hacia el vacío. Las el viento se estrellaba contra el muro de roca bajo sus pies. Las tallas, a cada momento, parecían estar más cerca... Tres de ellos, antes de que las tallas acabasen por arrojarles, se tiraron voluntariamente. El último, llorando de terror. No tuvo valor... e intentó gritar... pero nada salió de su garganta.

Fin de este posible final...

Pero ya sabéis todos cómo son los juegos de rol... nadie sabe cómo acabarán.

Guillermo Velasco, La Forja, Villalba, 9-3-2002, 4:18 de la madrigada.